Poesía: El legado de José Ramos Sucre

Poesía: El legado de José Ramos Sucre

El tintero derramado de José Ramos Sucre

 

Cuando el cónsul José Ramos Sucre ingirió el veronal que le mataría, allá en la lejana Ginebra de 1930, no sólo acabó con el sufrimiento que le causaba el insomnio crónico, sino que privó a la literatura de la pluma hábil de uno de los poetas más importantes del Siglo XX.

Debido a las circunstancias que rodean su muerte, así como las idas y venidas de la política venezolana, su legado y su memoria fueron casi consumidas por la voracidad del tiempo. La imagen del poeta está envuelta en el aura de misterio, casi de leyenda, que les confieren los años a las figuras históricas. Las cartas que escribió en vida, sus poemas y su ensayo Sobre las huellas de Humboldt (1923) son los testigos fehacientes de su carácter y pensamiento.

Hijo indudable de les poètes maudits en su aproximación a los aspectos realistas de la vida, venezolano de nacimiento y de corazón, sus palabras están plagadas de las melancolías de las horas solitarias, las playas cumanenses se mecen entre sus poemas de prosa impecable y su experiencia, nacida de años dedicados al estudio, a los viajes y a la contemplación, impregnan la aparente sencillez de sus tres poemarios: La torre de Timón (1925), Las formas del fuego (1929) y El cielo de esmalte (1930).

Torturado, políglota, diplomático. Todas esas etiquetas sirven para definir a un hombre a caballo entre la violencia y la barbarie de la época. De una sensibilidad sentimental, a la par de una frágil salud, y perturbado por el cansancio en sus últimos días; quizás, en la creación literaria, habrá encontrado un aliciente para la cordura, para sus dudas y, en especial, una vía para expresar su manera de percibir a las artes como agentes cultivadores del espíritu en la educación, en la formación ciudadana y en el desarrollo del potencial de una sociedad.

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