La sencillez de Urbaneja Achelpohl

La sencillez de Urbaneja Achelpohl

Los cuentos de Achelpohl

El criollismo se caracteriza por un movimiento dirigido a las apreciaciones nacionales. De gran fuerza en las novelas Peonía (1890) y Zárate (1912), esta corriente fue retomada y perfeccionada por Luis Manuel Urbaneja Achelpohl. Primer venezolano en ser galardonado con un premio internacional, padre de doce hijos y escritor de constante disciplina, Achelpohl era la antítesis de sus antepasados. De costumbres sencillas, dueño de una vaquería y habitante de una casa en las afueras de Caracas, no era un hombre político, inclinado a los espectáculos y la opulencia.

Considerado el padre del cuento moderno venezolano, sus direcciones y usos literarios se basaron en resaltar la belleza nacional. Desde los problemas autóctonos hasta la utilización de sus paisajes, el ser criollo era su principal objeto de creación. Igual que Dickens reflejaba la realidad de una sociedad inglesa decadente, así lo hace Achelpohl con la tierra que lo vio nacer.

Sin llegar a exageraciones, las reflexiones de sus textos se basan en la observación y las conversaciones mantenidas a lo largo de su vida. Era dado a conversar con las gentes humildes, con los de su círculo de alto nivel de vida y con cualquiera que pasara. Por ello, a la hora de entrar a sus relatos, es sencillo identificar arquetipos venezolanos con explicaciones adecuadas, simples y exactas. El criollismo evolucionó hasta la realidad entre sus dedos, llenos de la experiencia de vivir y convivir con venezolanos sin influencia europea.

En su vida hay muchas características. Su condición de hijo de una extranjera alemana y un venezolano, su pasión irremediable por la literatura y escritura, el abandono de la política y de sus estudios de derecho en la Universidad Central de Venezuela. Todo ello nos habla de un hombre con firmes ideas, de grandes proyectos y de una gallardía por alcanzar sus metas.

Entre sus logros concretos están: la fundación de la revista Cosmopólis con Pedro Emilio Coll y Pedro César Dominici de socios; ganar el primer premio del Concurso de Novelas Americanas (1916) en Buenos Aires; escribir multiples cuentos, luego recopilados en diversas antologías y, sobretodo, ser el creador de En este país (1916) y La casa de las cuatro pencas (1937), dos de las novelas más importantes sobre el criollismo venezolano.

Pueden leer Ovejón, uno de los mejor cuentos de Achelpohl, en el siguiente link.

 

Seis nobeles pintados de mestizaje

Seis nobeles pintados de mestizaje

Nobeles de literatura de autores latinoamericanos

Los premios Nobeles representan lo mejor de lo mejor. O, al menos, es un intento para premiar los logros destacados, las investigaciones revolucionarias y, en el caso de hoy, la actividad creativa hasta los límites artísticos. En cuanto a latino américa, son seis los que han ganado el premio de Nobel de la Literatura.

1.Gabriela Mistral

Nacida en Chile, es conocida por varios trabajos llenos de una fuerza nacida de su dura vida y su independiente personalidad. Junto a su premio nobel de literatura (1945), obtuvo un doble título en la categoría: la primera mujer hispanoamericana en tener un Nobel de Literatura y el primer ciudadano hispanoamericano con el galardón. El premio llegó a sus manos por «…su poesía lírica que, inspirada por poderosas emociones, ha convertido su nombre en un símbolo de las aspiraciones idealistas de todo el mundo latinoamericano».

Algunas de sus obras son: Los sonetos de la muerte y otros poemas elegíacos (1952), Tala (1938), Nubes blancas: poesías (1930), Desolación (1922), entre otros textos derivados de una mente eficiente pero sensible.

2. Miguel Ángel Asturias

Antes de ser su talento reconocido con el Nobel de Literatura de 1967, originario de Guatemala, era conocido y admirado por sus letras encendidas, por la forma en la que peleaba contra la crueldad y la tiranía con la espada de su pluma, por «…sus logros literarios vivos, fuertemente arraigados en los rasgos nacionales y las tradiciones de los pueblos indígenas de América Latina». La temática de Asturias siempre era la cotidianidad de la América hispana, vista sin filtros, con todo su colorido y sus errores, hermosos y místicos.

De su obra llena de pasión y de narrativa cuidada, podemos señalar Leyendas de Guatemala (1930), El señor presidente (1946), Hombres de maíz (1949) y Viernes de Dolores (1972).

3. Pablo Neruda

Las tierras chilenas vieron nacer a uno de los grandes poetas latinoamericanos, así como a un político de grandes ideas y sueños. Defensor de las clases populares, de temperamento firme a la par de sus capacidades diplomáticas, fue ganador del Nobel de la Literatura en 1971. Sus letras fueron premiadas por «…una poesía que, con la acción de una fuerza elemental, da vida al destino y los sueños de un continente».

Entre sus muchos trabajos, podemos señalar Veinte poemas de amor y una canción desesperada (1924), Residencia en la tierra (1925-1931), Estravagario (1958) y Maremoto (1970).

4. Gabriel García Marquez

Hay quien dice que este autor fue quien abrió las puertas a muchos escritores latinoamericanos. Otros, prefieren limitarse a señalar su talento merecedor del Premio Noble de Literatura de 1982. Colombiano de nacimiento, se crio entre los mitos y las leyendas de un territorio lleno de la magia del pasado.

Es también el padre del realismo mágico, gran admirador de la irrealidad de la vida y la estructura en la fantasía. Después de todo, se le reconoce por «…sus novelas e historias cortas, en las que lo fantástico y lo real se combinan en un mundo ricamente compuesto de imaginación, lo que refleja la vida y los conflictos de un continente».

Aunque sus inclinaciones políticas hayan causado tanto conflicto en vida, es difícil negar la herencia de su creación. Entre sus trabajos, se puede mencionar a Cien años de soledad (1967), Crónica de una muerte anunciada (1981), El coronel no tiene quien le escriba (1961) y Relato de náufrago (1970).

5. Octavio Paz

Sus letras se caracterizaron siempre por la experimentación, la evolución y una profunda sensibilidad en cada frase, además de su capacidad educativa a la vez de artística. El primer Nobel de Literatura mexicano fue otorgado en 1990 por «…una apasionada escritura con amplios horizontes, caracterizada por la inteligencia sensorial y la integridad humanística». Sus obras no se limitaron a la poesía, sino que llegaron al ensayo con frases reflexivas y acercamientos realistas a la situación de los pueblos hispanoamericanos.

Entre sus trabajos menos conocidos, podemos nombrar a Piedra de sol (1957), Salamandra (1958-1961), Árbol adentro (1987) y Pasado en claro (1975).

6. Mario Vargas Llosa

El Nobel de Literatura (2010) más reciente de Latinoamérica nació en Arequipa, Perú. Su obra se destaca por un crudo realismo nacido de su propia vida. El carácter autobiográfico de muchas de sus novelas le da un toque de conversación a su narrativa. Es conocido por su incesante crítica a la hipocresía social, así como a los extremos, que le han creado una fama de rebeldía.

Sin embargo, es por esa misma personalidad que obtiene el Nobel. De forma más específica, por «…su cartografía de las estructuras de poder y sus imágenes mordaces de la resistencia del individuo, la rebelión y la derrota».

En el oficio de escritor, Vargas Llosa se destaca por sus ensayos, relatos y guiones de teatro, además de sus novelas y reflexiones. Algunas de sus obras son La ciudad y los perros (1963), Conversación en La Catedral (1969), La guerra del fin del mundo (1981) y El sueño del Celta (2010).

Poesía: El legado de José Ramos Sucre

Poesía: El legado de José Ramos Sucre

El tintero derramado de José Ramos Sucre

 

Cuando el cónsul José Ramos Sucre ingirió el veronal que le mataría, allá en la lejana Ginebra de 1930, no sólo acabó con el sufrimiento que le causaba el insomnio crónico, sino que privó a la literatura de la pluma hábil de uno de los poetas más importantes del Siglo XX.

Debido a las circunstancias que rodean su muerte, así como las idas y venidas de la política venezolana, su legado y su memoria fueron casi consumidas por la voracidad del tiempo. La imagen del poeta está envuelta en el aura de misterio, casi de leyenda, que les confieren los años a las figuras históricas. Las cartas que escribió en vida, sus poemas y su ensayo Sobre las huellas de Humboldt (1923) son los testigos fehacientes de su carácter y pensamiento.

Hijo indudable de les poètes maudits en su aproximación a los aspectos realistas de la vida, venezolano de nacimiento y de corazón, sus palabras están plagadas de las melancolías de las horas solitarias, las playas cumanenses se mecen entre sus poemas de prosa impecable y su experiencia, nacida de años dedicados al estudio, a los viajes y a la contemplación, impregnan la aparente sencillez de sus tres poemarios: La torre de Timón (1925), Las formas del fuego (1929) y El cielo de esmalte (1930).

Torturado, políglota, diplomático. Todas esas etiquetas sirven para definir a un hombre a caballo entre la violencia y la barbarie de la época. De una sensibilidad sentimental, a la par de una frágil salud, y perturbado por el cansancio en sus últimos días; quizás, en la creación literaria, habrá encontrado un aliciente para la cordura, para sus dudas y, en especial, una vía para expresar su manera de percibir a las artes como agentes cultivadores del espíritu en la educación, en la formación ciudadana y en el desarrollo del potencial de una sociedad.